Ser dramaturgo: vocación y sentido

Rubén Sicilia

“Un dramaturgo cuando habla de acción, no quiere decir con ello bullicio o solo movimiento físico: quiere significar desarrollo y crecimiento”. 
Saint Jonh Ervine.

Hamlet, o quizás más bien Shakespeare a través de él, nos enfrentan a la cuestión en juego siempre en cada vuelta de cualquier camino vital que comprometa nuestro espíritu... ¿Ser o no ser? Esta pregunta intensa y devastadora se la hace seguramente todo artista creador en diferentes etapas de su búsqueda. Muchas veces no sabemos la respuesta –casi nunca en verdad- pero seguimos avanzando, por que una fuerza más grande que nosotros mismos parece impulsarnos a cada paso. La profesión de dramaturgo no es una excepción, las dudas son aún más angustiosas y la presión generada por el contexto social en que el dramaturgo trabaja es probablemente una de las más intensas a superar. Quién no duda, quién no se cuestiona, es por el contrario alguien que no da espacio a que la vida lo penetre con todos sus sinsabores y regocijos y es dudoso como la experiencia confirma que pueda desarrollar su talento dramático a plenitud si es que lo tiene. Ser dramaturgo, no es meramente conocer y usar con pericia dramática las leyes, el diálogo, el conflicto, la cadena de sucesos y el aliento poético necesario, sino más bien, tener la capacidad de observar y comprender en profundidad la vida de los hombres y recrearla mediante su arte.

Es así la primera recomendación para acercarse a la profesión comprender que no hay meta de llegada posible sino una serie de estadios que no tienen fin. Comprender que hay que escuchar a todos pero seleccionar aquello que apreciamos valioso. Comprender que es siempre el público para el que escribimos el primer eslabón en el proceso de creación. De otro modo estaremos indefensos y detenemos nuestro crecimiento en este oficio-puente a medio camino entre el teatro y la literatura, que parece guiñar el ojo a quién se le aproxima, como preguntando... ¿Te atreves? Un oficio que como lo atestigua la experiencia de muchos exige la técnica de escritura más difícil de todas y una ética de hierro que le permita superar las múltiples tentaciones propias del oficio. Hay quienes dicen que escribir una obra de teatro es más difícil que escribir una novela, solo que la novela parece que nunca se acaba, mientras en el teatro la mayor dificultad se halla en el comienzo. Más aún hoy en día que el oficio ha tomado nuevas coordenadas. Ahora mismo hay muchos dramaturgos que trabajan conectados al proceso vivo de una puesta en escena y no en la soledad de su escritorio. La técnica dramática convencional abre su paso a la irrupción del pensamiento performativo, fragmentario o con cierto acento literario. Se manejan términos como «  dramaturgia de imágenes » y «  dramaturgia de la palabra ». Se incorporan intertextos y materiales diversos a la estructura. Se multiplican los procedimientos de abordaje y construcción de un texto espectacular o dramático y se usan estructuras que no parecían teatrales.

Así como en una obra de teatro las situaciones dramáticas se enlazan unas con otras hasta el desenlace, así el trabajo del dramaturgo sobre sí mismo, fuera o dentro de su contexto, nunca termina. Es tan vasto el dominio de la técnica que probablemente en más de una vida no habría el tiempo necesario.

Entonces... ¿Por qué se es dramaturgo, como se llega al oficio y cuál es su significado? ¿Qué ó debe hacerse hoy para desarrollar una técnica?

En primer lugar, hay que decir que detrás de la elección del oficio hay razones muy profundas y difíciles de explicar en palabras. Sí examinamos las vidas de todos los grandes dramaturgos parece darse un punto en común. Casi todos son personalidades en las que, de un modo u otro, se evidencia cierta fractura con los códigos de comunicación con sus semejantes. Y debemos aprender tomando como modelo la grandeza. Hay al parecer, un deseo latente en todo dramaturgo de comprender las aristas contradictorias de la naturaleza humana, sus múltiples vericuetos y laberintos y de reconciliarse con lo humano a partir de penetrarlo. Aquí gravita la antigua idea de la imitatio o mimesis, que en el momento actual parece querer alcanzar sus posibilidades máximas. Según esta idea el dramaturgo debería establecer nuevas coordenadas de imitación que le permitan el proceso de ruptura de viejos moldes y creación de un lenguaje nuevo en la escritura de cada obra.

Esta idea de creación parece ganar cada vez más espacio por encima de la asunción de un «estilo permanente».Tomando en cuenta tal vez tres criterios principales que nos permitan sondear el mundo interior del ser humano:

Imitación de los sucesos intensos de la  vida: Qué comporta un método de observación continua y penetrante en la causa de los hechos de la existencia y de los diversos conflictos que diariamente nos rodean. Recordemos que el teatro suele seleccionar sucesos cargados de dramaticidad y no tanto la cotidianidad.

Imitación de los caracteres: Que intenta adémas de la observación citada, la percepción de la conducta y un análisis de las motivaciones subyacentes en cada uno de los arquetipos humanos y de los lenguajes diversos que a cada uno atañe.

Imitación de las poéticas antiguas: Que investiga como otros dramaturgos resolvieron los problemas dentro de las poéticas que iniciaron en su tiempo. Y como el tiempo ha pasado, todo este reservorio de la tradición se hace ventaja para el escritor de teatro contémporaneo, puede re-crear sobre la fuente casi inagotable de lo que ya se hizo.

Es evidente que en todo lo mencionado gravita el deseo de estudiar al hombre y su conducta. Este deseo de sondear los conflictos del alma humana casi siempre esta asociado a una carencia o vacío personal, que viene tal vez de la infancia,  de algún conflicto que lo ha colocado en la postura de observador del comportamiento en sociedad. Hay quienes apuntan que necesariamente tiene cierto grado de neurosis latente la profesión. No lo creo así, veo más bien, un viaje personal para comprender los motivos de la conducta humana, un anhelo de conocer sus causas.

Por otra parte, si recordamos los momentos de la historia donde un dramaturgo verdaderamente grande saliera a flote, comprendemos que se necesita del caldo de cultivo de toda una generación..., es dudoso que un dramaturgo solitario pueda llegar a las más altas cimas de su profesión pues necesita de otras mentes afines que alimenten su pensar dramático y tensionen sus posibilidades creadoras al máximo. Los griegos, Shakespeare y O’Neill, más cercano a nuestro tiempo son testigos evidentes de este hecho. ¿Pero que quiero decir con la idea de un pensar dramático? El dramaturgo como el actor tiene que crear nuevos reflejos «una segunda naturaleza» como decía Stanislaswki con respecto al actor, que en este caso consiste en ver el entramado de los conflictos en la vida con una mirada honda e intensa que vaya mucho más allá de lo apariencial. Tiene que darse cuenta de las cruentas luchas de caracteres latentes en el flujo de la vida y debe también percibir las fluctuaciones de ese flujo. Un buen dramaturgo debe ver en lo cotidiano, lo mítico. Este modo de ver se puede desarrollar y educar, pero obviamente necesita una predisposición interna. Esto es, lo que algunos llaman «talento dramático», pero que en mi opinión comporta también una forma de vivir. La adquisición de nuevos reflejos y de una disciplina de vida.

¿Pero, por qué hablábamos antes de una ética de hierro a la par de las dificultades de la técnica? Porque en el caso del dramaturgo –también como en el actor- la ética y la técnica establecen un vinculo donde se interpenetran. La escritura de una obra no puede ser un proceso puramente cerebral, la «técnica» también opera con nuestra emoción, nuestra imaginación y nuestra vivencia. La ética sostiene este andamiaje y a veces lo cataliza o amplifica. Es imposible escribir teatro sin una consciencia clara de las leyes técnicas aparejadas a una ética más o menos personal del oficio. Esto fortalece las motivaciones -sin las que es imposible ir adelante- y es lo que permite sentarse frente al escritorio o en medio de un proceso de trabajo teatral a hilvanar el destino y trayectoria de unos personajes que visualizamos casi siempre partiendo de nuestra propia vida.

Esta ética en el dramaturgo debe ser de hierro pues la naturaleza de los conflictos que va a manejar puede ser tal que ponga en riesgo su status social y que provoque reacciones disímiles en el contexto social en el que vive. Se convierte en una segunda naturaleza, en el mismo sentido en que Stanislasvki lo expresaba para el actor. El dramaturgo debe saber que aunque su trabajo no se comprenda de momento – ya sea porque anticipe en el tiempo un conocimiento o porque desnude cosas que las autoridades, o la gente en general no quieran ver- sí es un trabajo dirigido a las esencias del ser humano trascenderá más temprano que tarde y al final habrá de ser aceptado incluso por los que en un tiempo lo ignoraron. Desde que escoge su camino el dramaturgo debe estar listo para esto. En cualquier sociedad, en cualquier tiempo, en cualquier lugar. Su trabajo es hacer la vivisección de los conflictos humanos, sociales y existenciales de una época. Su punto de vista debe incluir la política pero de ningún modo enfocarse en ella, sino más bien sostener un prisma existencial, ontológico y humano que le permita tener una mirada amplia, abierta y no sectaria penetrando en los secretos de la naturaleza humana. Cuando el arte del dramaturgo se vuelve decididamente político en su punto de vista sobre la realidad pierde parte de su principal virtud y alcance, mantener una mirada amplia y no sectaria sobre la vida. Se convierte en sectario, doctrinal, enfático y por tanto grosero. Pierde la esencia más querida de su vuelo poético.

Por el contrario, si concentra  su mirada en lo humanista, lo ontológico y lo existencial va hacia las fuentes mismas de la vida, las esencias humanas de todo tiempo y lugar y puede tal vez convertirse en poesía. Poiesis. Poesía trascendente que se convierte en acción desde una consciencia renovada por una mirada profunda. No quiere decir esto, entiéndase bien, que el artista dramático no pueda y deba tener una opinión política sino que debe saber con certeza donde usarla y donde no puede ser focalizada. Debe sentir con todo su ser, que su mirada sobre la vida, no debe ser « contaminada » con una perspectiva únicamente política, porque la vida es más amplia, diversa y múltiple que la política. La política por su propia naturaleza ofrece un modelo univoco, el arte tiene por el contrario la posibilidad de entrar en lo más diverso de la complejidad humana. Tal vez como ninguna otra forma de conocimiento. Más que la religión,  más que la didáctica, más que la ciencia. 

El deber de un dramaturgo es probablemente acercarse a esta diversidad lo más que pueda a través de su hacer. Penetrar en lo existencial, lo ontológico y lo humanista. Existencial porque su atención se concentra en las causas de los problemas de la existencia. Ontológico porque debe ser tan honda su mirada que le permita descubrir la raíz espiritual que en todo conflicto subyace oculta e insinuarla en su obra. Y humanista porque siempre tome como centro al hombre en todo enfoque dramático. La mejor reflexión que conozco que da una visión singular muy cercana a esto que describimos, la dio el genio de Brecht en su «  Cinco Obstáculos para Escribir la Verdad », nunca suficientemente  divulgado y cuyo inicio no quiero dejar de citar  aquí: 

«Quien quiera hoy día combatir la mentira y la ignorancia y escribir la verdad, tiene que vencer por lo menos, cinco obstáculos. Deberá tener el valor de escribir la verdad aún cuando sea reprimida por doquier. La perspicacia de reconocerla aún cuando sea solapada por doquier. El arte de hacerla manejable como un arma. Criterio para escoger aquellos en cuyas manos se haga eficaz. Astucia para propagarla entre estos. Estos obstáculos son grandes para aquellos que escriben bajo la férula del fascismo, pero existen también para aquellos que fueron expulsados o han huido, e incluso para aquellos que escriben en los países de la libertad burguesa ».

Sorprendente reflexión brectiana que, a pesar de ser escrita en circunstancias específicas, mantiene una vigencia incuestionable demostrando que la naturaleza humana permanece inalterable en sus esencias. Es así que el dramaturgo debe y puede trabajar más allá del tiempo, con una clara comprensión de que su hacer podría ser un grano de arena en la evolución de la consciencia del ser humano si logra crear un nuevo mito que repercuta en la consciencia colectiva de la humanidad como sucede en ocasiones muy contadas. Una acción muy semejante a la descrita por la física de vanguardia en cuanto al efecto mariposa, donde una mariposa agita sus alas en un extremo del mundo y este batir tenue repercute en el otro extremo del globo. Un proceso aparentemente inalcanzable, pero que no podemos olvidar como paradigma, de que en efecto estamos interconectados y que la vida es una sola.

Nada mejor entonces que cerrar estas rápidas notas, dejando aún frescas en la mente de quién nos lea las ideas esclarecedoras de Brecht, como un resumen de la vocación y el sentido que hoy ha de impulsar a un escritor de textos dramáticos. 

Nota del autor: Este artículo ya fue publicado en Caimán Barbudo hace algunos años, pero por su interés y por recibir adiciones sustanciales que completan las ideas en él expuestas, creo debería ser vuelto a publicar ahora.